Su otro yo


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Su otro yo
02.04.05 (3:54 am)   [edit]

Cuarta parte


 


 


Los ojos verdes de Ernesto Bebilacua se sacudieron espasmódicamente, una especie de tic le hizo parpadear y guiñar un ojo intermitentemente. Paró de hablar, y empezó a torcer el cuello como tratando de encontrarme, yo, que estaba justo frente a él, le dije:


-Tranquilo Tuky, estoy aquí, si querés la seguimos mañana.- Mientras hablaba deslicé mi mano derecha para  apagar el grabador que había depositado sobre la mesita de las bebidas. No se como hizo para ver el movimiento de mi mano, cuando me di cuenta, deslizó la suya sobre la mía sujetándola fuertemente, ya no bizqueaba.


No la apagues, estoy bien, quiero terminar esto lo antes posible, me lo quiero sacar de encima de una vez por todas, quiero que sepas todo lo que pasó a medida que surjan mis recuerdos, que por momentos son caóticos,  confusos, pero no  menos reales. A propósito, creo que omití algo de lo que pasó en el baño del aeropuerto, no se si tiene importancia en la historia, pero a mi en su momento me puso la piel de gallina.


-Ernesto había vuelto a la normalidad, hablaba pausadamente y sin signos de esa mirada que te miraba pero que no te veía. Ya me había soltado la mano, le dio un sorbo a la pepsi, y siguió desgranando su historia.   


Tuky rebobinó la cinta de su memoria y volvió a empezar su historia desde que entró al baño, allí habían quedado algunos huecos en su anterior pasada. Puntos ciegos que paulatinamente se aclaraban, trepaban y cobraban vida en su mente.


El baño estaba vacío, solo para él, caminó hasta el último urinario, el que tenía por frontera la pared del fondo. Estaba tan atormentado por los pensamientos de desastres aéreos que se le colaron en su humanidad durante esa interminable hora de espera que le costaba encontrar y bajar la cremallera del pantalón, su mano torpe  hurgó en el interior de la abertura sin encontrar el objeto de su búsqueda, carajo; bueno, allí  estaba. Tuky no tenía tiempo de  sentirse un tonto, el miedo era un caballero que no lo dejaba pensar ni actuar con normalidad. No podía orinar, no salía ni una gota,  el sudor invadía su rostro tenso.


-Vamos, salí.-El flaco revoleaba la cosa sin éxito. Fue cuando sintió el chucho de frío, una especie de calambre que le recorrió el cuerpo de arriba abajo, como una descarga eléctrica, pero más suave, tal vez placentera, como si uno se estuviera desintegrando, molécula por molécula. Cuando vio la sombra que parecía desprenderse de él, se estaba meando los pantalones, el chorro incontenible bañaba parte de los azulejos y de refilón sus ropas, mientras intentaba encauzar el destino de su orín, alcanzó a ver con el rabillo de los ojos un hombre con un  cierto aspecto que le resultaba familiar en el extremo opuesto de los mingitorios. Luchó unos segundos más con su torpeza, y cuando normalizó la tarea giró la cabeza para observar al desconocido-conocido, ya no estaba.


-Era yo, Arnold.-Me dijo con su viejo apelativo para mi nombre.-Te aseguro que era yo, no lo pude observar con detenimiento por ese puto meo que me estaba empapando. Cada día  que pasa estoy más convencido que ese tipo que orinaba en el otro extremo del baño del aeropuerto era yo.      


La señorita volvió a la carga, ya no había excusas, era la cuarta vez que me invitaba a retirarme, esta vez no vino sola, la acompañaban dos enfermeros de esos que eligen para las películas de terror. Me fui, no sin antes decirle a Tuky:


-Mañana a las tres, flaco, ¿te parece bien?


-Si, a las tres.


-Gracias señorita, disculpe la molestia.


-Elhorarioestalaseis.  

 
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